Palabras en Catálogos (selección)

Pedro Pablo Oliva: Crónicas de lo Marvilloso y otros temas.

Por Jorge de la Fuente

Palabras al catálogo de la exposición “Pedro Pablo, Obras Recientes”, Galería Bernheim, agosto 1992, Ciudad de Panamá.

En el panorama actual de la pintura cubana Pedro Pablo Oliva es, por más de una razón, un caso excepcional. Perteneciente a la llamada “Generación de los 70”, Oliva es el único de los autores consagrados que ha conservado incólume su “residencia en la tierra”, sigue viviendo en la provincia de Pinar del Río, apegado a un ritmo de vida y de trabajo que sería impensable en la capital.

 Hombre llano, jovial y comunicativo, Pedro Pablo es también el único de su generación que ante las aperturas morfológicas y conceptuales de los '80 ha ido evolucionando, con mucha coherencia hacia un arte cargado de sensibilidad antropológica y enmarcado en una orientación intelectual crítica, de profundas raíces éticas. Pero lo que más lo singulariza dentro de esta orientación es que la crítica social que propone desde el arte así como su visión irónica de sucesos cotidianos magnificados bajo el rótulo de “maravillas del mundo” –los refugios, las colas, los navegantes…- están articuladas en un lenguaje  visual que no apela a las expliciteces del “textualismo” ni al dramatismo chocante del “bad painting”, sino que conserva el rigor de la pintura, la excelencia del dibujo, la impecable factura… Si el énfasis cuestionador, los temas y el estilo de Oliva han variado en dependencia de cambios en el entorno social y en sus propios presupuestos expresivos, la percepción íntima que los anima es la misma que la de los años '70 cuando obras como “Y que mala Magdalena” y “El Ensueño”, ambas de 1975, se conjugaban, según Aldo Menéndez, el “humor crítico y la imaginería mágica”. En su serie sobre los Juguetes y en toda su obra dedicada al mundo infantil, la composición de las figuras, los artefactos lúdicos y las situaciones expuestas están marcadas por su magia del grotesco expresivo cuyo humor tiene algo de alucinante. El motivo de los juegos  y los niños es un recurso metafórico para hablarnos de la naturaleza humana, de sus lados oscuros y mezquinos.

En el fondo Pedro Pablo es un moralista que toma rumbo opuesto al de la utopía ideal. Su finalidad no es describir ni exaltar las perfecciones morales sino indagar en el universo de los instintos y los impulsos socialmente  reprochables, quizás por un afán de exorcizarse y de expulsar de sí los demonios que lo acosan. Recientemente confesó a un periodista: “Quiero aliviar con la imagen de la infancia la crudeza de los problemas complejos que enfrenta la adultez.” En obras de intenciones más filosóficas inspiradas en el mito de Saturno –propone una reflexión sobre el sacrificio del “atro”, del que no encuentra espacio de realización en un clima psicológico, vertical e impositivo, que les impide ser ellos mismos en tanto escala de la sociedad como de la familia. Las relaciones de dependencia, el autoritarismo, la intolerancia y la sumisión son tópicos que articulan temáticamente  las reflexiones antropológicas de Pedro Pablo.

Si a través del mundo infantil y particularmente en la serie de los juguetes los motivos éticos son más universales y las fuentes iconográficas pertenecen a la tradición pictórica (modo de figuración, uso expresivo del color, tensiones espaciales ordenadas en toda la superficie del cuadro…), en sus series sobre aspectos de la realidad cubana actual recurre al arsenal de la caricatura y del dibujo humorístico, más centrado en la síntesis conceptual y en el trabajo gráfico. En los Refugios, Los Navegantes y los Museos hay un ascetismo pictórico que se refuerza a partir de una composición casi cinematográfica en donde el acceso visual a la escena está doblemente enmarcada y parece resultar simbólicamente el encerramiento vital de las figuras.

 La crítica social en la obra más reciente de Pedro Pablo se inscribe dentro de una tendencia más general del arte cubano que en la década de los '80 comenzó a transitar por lo que he llamado una “estética de la diferencia” en la que la autoconciencia sobre los recursos expresivos y la mirada cuestionadora sobre diversos ámbitos del quehacer moral y espiritual se vuelven fuerzas orientadoras en los planos formales y conceptuales.

 Este proceso de indagación crítica, protagonizado fundamentalmente por los jóvenes, puso en tela de juicio todo el sistema de convenciones y prácticas que modelaban la producción y la circulación artística así como muchos patrones éticos que la propia dinámica social había desgastado o puesto en situación de crisis. Lo que en algún momento se denominó “arte crítico” para designar una poética cuyos  referentes directos eran los clichés ideológicos, la mentalidad burocrática, los prejuicios sociales y las distintas formas de sacralización de los signos de poder utilizó como instrumentos expresivos el repertorio  de la neo vanguardia –incluidos los performances- para agredir y provocar desde la forma misma, aquellos modos complacientes de ver el arte y la realidad. En una atmósfera de polémica intelectual y de no pocas estridencias desacralizadoras se fue conformando un espectro de propuestas en la que los valores estrictamente plásticos –vistos como símbolos de status y como reproducción  de una conciencia adormecida- eran transgredidos radical y sistemáticamente. El “arte crítico”, que apelaba más a la razón que a la sensibilidad creó dentro del medio artístico una especie de fobia ante el placer contemplativo que disminuyó considerablemente, a mi modo de ver, su eficacia comunicativa y sus posibilidades de funcionar socialmente como arte “a secas”. Frente a la espectacularidad y los desafíos verbalistas de algunas posturas críticas asumidas por el arte o el posarte cubano de los '80. la obra de Pedro Pablo Oliva representa un punto de equilibrio en el que lo local y lo universal, lo sensorial y lo reflexivo, el contenido y la expresión se conjugan  productivamente. Sin repasar en tabúes ni autocensuras, Oliva incursiona como “cronista de su momento  y su época” –como alguna vez se autodenominó- en un conjunto de temas a partir de los cuales realiza con un talento sorprendente una doble operación: mitificar lo cotidiano y desacralizar los falsos mitos.

En varios de sus trabajos, con no poca ampulosidad, coloca en el mismo rango que las históricas “maravillas del mundo” a los refugios que en preparación para una posible guerra se construyen en la Alameda de Pinar del Río, a las colas para comprar hamburguesas o al falo del “Coloso de Rodas”. Al ver estas obras, conociendo la capacidad de sorpresa de Pedro Pablo ante lo cotidiano, no tengo dudas en considerarlas “ironías benévolas” o “autoburlas” de un cubano común que con ese peculiar sentido del humor se extraña momentáneamente ante hechos que sacados de su contexto pueden revelar sus lados tremendistas,  su excepcionalidad surreal o su naturaleza de mitos populares.

En cuanto a los procedimientos desacralizadores la ironía cobra otro sentido porque su función es desarmar críticamente  el andamiaje falso y retórico que intenta encubrirse bajo un disfraz solemne; se trata entre otras, de obras de la serie Las Condecoraciones como “Martí y yo”, “El hombre nuevo” o “Ahorro”, que ridiculizan la mediocridad y la superficialidad con que algunos interpretan o asumen valores socialmente significativos. El objetivo de Pedro Pablo no es cuestionar el sentido recto de estos valores sino denunciar, con los recursos hiperbólicos del arte, las deformaciones o el deterioro que pueden sufrir las más sublimes ideas cuando no existe transparencias en su constante ajuste crítico  o cuando su positividad es desvirtuada por el oportunismo. No es casual que el autor se refiera  repetidamente a las máscaras o a otros modos de encubrimiento como  esas pequeñas tribunas que circulan en sus cuadros como fuerzas impersonales.

Los personajes de Oliva parecen sacados de ilustraciones de fábulas; sus rostros y expresiones,  diseñados con magistrales trazos, revelan las más disimiles actitudes y posturas psicológicas.  Detrás de cada cuadro hay un mensaje directo o una alegoría subyacente que nos convoca a la reflexión y al goce de la representación visual. La indiferencia, la placidez, el desconcierto, la lujuria, la prepotencia o la doble moral, están presentes en estos diminutos seres que dentro de las “Maravillas del Mundo” conservan un apego vital  a lo cotidiano que les confiere carnalidad y concreción. La voluntad narrativa  de estas series nos sitúa ante escenas sacadas del tiempo, pero conectadas virtualmente a una acción precedente en la que el individuo y sus relaciones son presentadas críticamente desde el lugar privilegiado que nos concede el autor: la ventana indiscreta. En muchas de las cartulinas el espacio fragmentado describe más de un acontecimiento; las pequeñas escenas de la parte inferior funcionan como comentarios al tema central y complementan el hecho narrativo.

Muchos de los personajes de Oliva están ensimismados, encerrados en sus breves cuerpos sin gestos o flotando  literalmente en el aire. En general, la representación y el contexto de esas pequeñas figuras tiene algo de sórdido  y pecaminoso, pero, sin embargo, cada una de ellas conserva sus dosis de humanidad. Quizás aquí encontremos una característica peculiar de la ironía con que Pedro Pablo concibe y realiza sus temas y figuras; en sus obras, la distancia crítica no se conforma con situar al pintor por encima de sus personajes sino que llega a implicarlo emocionalmente. La serie “Los Navegantes” es la más dramática por su significado contextual. En ella, el artista enfoca desde un ángulo humano el insólito éxodo ilegal  de individuos que tentados por las más disímiles apetencias del “american way of live” se aventuran en un viaje casi irreal, montados en los más sorprendentes artefactos. Para la sensibilidad del pintor,  la suerte de esos emigrantes no es ajena, sino que forma parte de un drama colectivo que él sabe traducir con imaginación y acentuado simbolismo.

Pedro Pablo Oliva cree, como Martí en el mejoramiento humano. Él busca y nos invita  a buscar el senido  de realidades y hechos que pueden trascender la comprensión racional de aquel estilo de pensamiento que solo legitima lo que está dispuesto a aceptar como existente. Pero en el arte no se trata solo de entender selectivamente sino de sentir empatía cósmica, de enriquecer nuestra percepción emocional de los hombres y el mundo sobre todo en situaciones excepcionales y de intentar perfeccionarlos. Quizás esta dosis de utopía presente en la poética de Pedro Pablo le permita arriesgarse a poner en su puerta: “Se arreglan sueños y esperanzas. Sin garantías”. Según me confesó, él también trata de reparar sus sueños y la única garantía es intentarlo. Aceptemos el reto compartiendo también sus esperanzas.

 Abril de 1992.
 

Quiero pintar en paz…

por Pedro Pablo Oliva

Desde que tengo así uso de razón, desde que uno es chiquito, lo único que me gustaba era eso: pintar, y no pensaba en otra cosa. Yo no tenía en mi cabeza, ni remotamente, la idea de ponerme a estudiar otra cosa que no fuera pintura, que no fuera ser pintor. No es como otra gente que quizás amaba otra profesión o soñaba con estudiar otra cosa y de momento cambió, no. Y recuerdo que siempre adoré un personaje importante de la historia del Renacimiento que fue Leonardo da Vinci y siempre hago los cuentos porque le admiraba no solo como pintor (tenía muy pocas imágenes de él a mi alcance); sino como inventor, es decir, como hacedor de cosas supuestamente inverosímiles. Leonardo hizo un par de alas para volar y yo hice hasta mi par de alas, de cartón, mal hechas e intentaba volar y salía por el barrio con las alas a ver si podía levantar el vuelo que era lo más jodío del caso.

Y luego las historietas y los cómics de mi época. Siempre he admirado, y no desvaloro, la historieta como creación artística; la vida, además, me lo ha demostrado. Hay famosos dibujantes de historietas, que claro no llegan al nivel de Leonardo de Vinci, ni a uno de esos pintores extraordinarios que removieron la pintura; pero indudablemente forman parte del desarrollo artístico plástico en específico. Quería ser un dibujante de historietas porque en definitiva amaba el dibujo y amaba la pintura, no separo eso. Realmente había excelentes dibujantes de historietas que me ensañaron a dibujar, a ser capaz de dibujar un caballo corriendo o un hombre en determinada posición o un rostro con determinada sombra. Yo creo que me enseñaron mucho.

Recuerdo la influencia del mundo expresionista de Ensor, Munch, Antonia Eiriz, ese mundo era el que más se acercaba a mí. ¿Por qué ese mundo expresionista fue cambiando en los setenta a un mundo más onírico y menos de la expresión de ese sentimiento? No lo sé. Si uno analiza a profundidad la obra de ese pintor que se llamó Marc Chagall y que influyó tanto en mí, descubrimos que no solo es un pintor de la parte romántica y bonita. Marc Chagall es un pintor que lo incluyo dentro del surrealismo por la imaginería, pero es un pintor expresionista, una gente desgarradora en su trabajo y de ahí viene precisamente la influencia. La escuela lo formaba a uno con entera libertad. Nadie te dirigía a seleccionar influencias, solo que sentí mucho más apego por ese hombre quizás porque, generacionalmente, predominaba en esos años la búsqueda del terruño, de acercarse más a lo propio, a lo nacional, al pueblo donde uno vivía. En poesía le llamaron el tojosismo, es decir, andar volando siempre, pero pisar tierra regularmente y yo creo que Chagall fue para mí el personaje que resumía todo eso.

Pero también me desarrollo como estudiante y como pintor ya profesional, o salido de la escuela, con la presencia del Pop. En aquellos años el movimiento de la escuela en sentido general era tan rico en el proceso creativo, con influencias de diferentes estilos que como estudiante no pude escapar a ellas. Es verdad que en algún momento (Nelson recordará, Nelson Domínguez siempre me lo recuerda), cuando nadie se ponía a hacer instalaciones, se me ocurrió una vez hacer una mesa, ponerle cosas y poner cuatro sillas. Eso después se desbarató, lo desaparecí y en aquel momento las instalaciones no existían. Sin embargo, existía el Pop y ya Marcel Duchamp había hecho lo que había hecho. A veces se establecen tendencias teóricas que aparecen como grandes rupturas, pero yo no siento mucha diferencia entre las cosas que hace ahora la gente joven y lo que hacía Marcel Duchamp. Los años 70 fueron los de un mundo muy soñador y vinculado a eso que en política le llaman ahora socialismo utópico. Era soñar un mundo mejor, lindo, hermoso que llevó a tanta gente a intentar trasformar el mundo de una manera, por mejorarla, por hacerlo mucho más lindo... También los contextos familiares influyen, por esos años me nace mi primera hija. ¿Qué pasó en los 80? ¿Hubo frustraciones? Nacieron otros hijos míos, me casé con otra muchacha, atormentó mi existencia, me alegró la vida... ¿por qué pinté tan negro? Entonces no sé... no recuerdo. La década de los 80 fue la época más fértil mía, una creación muy abundante, creo y tuve mucha más tranquilidad familiar y la vida realmente era mucho más tranquila no teníamos la angustia que tenemos hoy, ni todas las cuestiones económicas, los conflictos de índole moral, las deformaciones sociales. En los 80 trabajaba mucho con sienas y ocres y la mayoría de las cosas las resolvía así, no era porque me faltaban colores, porque los tomábamos “prestados” de la escuela. Usaba más las texturas, ahora en estos últimos cuadros lo he abandonado como si realmente uno tuviera necesidad de huir de cada etapa, llega un momento en que se agota, en que uno se aburre de uno mismo y tienes necesidad de salir a buscar otras cosas, a mí me pasa eso. A lo mejor al final llega un día una gente y te dice que toda la vida has hecho lo mismo... y tú pensando que has hecho cosas distintas. En los 90 abunda más el color y yo no sé por qué ha pasado eso. Yo también me he preguntado eso, incluso le he echado la culpa a los vitrales de La Mina y a la influencia indirecta de ellos sobre mí. Ya cuando uno tiene 50 años va mucho más definido al proceso de creación, quiero hacer esto. Uno siente admiración por un pintor cuando es mucho más joven y se deja arrastrar. Ahora a los 50 uno va más consciente de lo que quiere buscar y de lo que va hacer. Esa es la diferencia.

Siempre he tratado de vincular un poco mi vida con la creación; y cómo vivo, con la obra. A mí me parece que en la vida cotidiana, esa diaria, esa de los conflictos, esa de las contradicciones; está precisamente el tema y el germen de no convertir la obra en una repetición diaria. Un suceso me obliga a utilizar formas diferentes y de hecho temas diferentes e incorporar imágenes diferentes. Cuando tomo el tema de los balseros, me obliga a utilizar el mar que no lo usé cuando la embajada de Perú y Venezuela. Cuando asumo el tema de los refugios, uso las texturas porque es un elemento que simula la estructura que hace un ingeniero o un arquitecto y la tierra misma. Las temáticas de la vida cotidiana te obligan a descubrir formas nuevas y enriquecerte, siempre lo veo como una forma de escaparme de una actitud mecánica frente a la creación, a lo mejor se repiten ciertas formas, ciertas cosas, pero siempre hay una cosa que se añade. Es cierto que yo asumo la pintura como el investigador que intenta recoger el estado espiritual de un momento, a veces lo asumo así, y otras veces no. Otras veces estoy convencido de aquello que pienso, de aquello que reflejo. Nosotros los pintores no somos realmente políticos, nosotros no tenemos esa capacidad ni de información, ni esa supuesta y extraordinaria capacidad de análisis. Como trabajamos con las imágenes es otro el conflicto
y a veces no tenemos todo el cúmulo de información posible. Cuando me he sentido perdido en el terreno de los criterios políticos, en definir una verdad y encontrarme en un callejón sin salida, hago una obra que realmente pudiéramos llamarla ambigua. ¿Es ambiguo El Gran Apagón? ¿Es ambiguo El Gran Refugio? No lo sé... ¿es ambiguo el El inconcluso milagro de los panes y los peces? No lo sé. Yo me he encontrado con gente que siente el cuadro de El Gran Apagón como un cuadro atrevido, de agresión a la política del estado cubano, a la situación con relación al socialismo y otras personas no lo ven así, sino como un canto a una época. ¿Este hombre cuestiona o no cuestiona, critica o no critica, en qué extraña balanza se mueve? Intento mostrar, en la obra, al hombre que piensa de una manera y al que piensa de otra bien distinta. Trato de unir los pensamientos diferentes y el mío también. Hay momentos de confusión por los que uno pasa, donde yo prefiero dejar el estado espiritual del momento; no defino, dejo el estado espiritual. Yo prefiero dejar el estado espiritual. Si mi estado espiritual es un caos o el del contexto es un caos, un caos es la obra; si es confusa la situación, confusa es la obra.

No tener guardadas más obras de cada una de las etapas me es totalmente nocivo. En los años 70, nosotros no vendíamos nada y acumulábamos la obra. Tal es así, que yo nunca volveré a hacer la retrospectiva que hizo el Museo Nacional de Bellas Artes; porque fue un cúmulo de trabajo tan grande, que yo jamás podré acumular esa obra. Y aquella muestra me permitió saber qué camino tenía deseos de tomar. Yo sí extraño sobremanera no tener las obras cerca, porque entraría a analizar a este hombre: qué ha hecho, qué hizo, hacia dónde se va a dirigir. A veces me veo retomando un tema que hice hace algunos años y me digo ¿lo estaré repitiendo? Antes no me pasaba así, antes buscaba y tenía todas las obras ahí y decía, voy a pintar esto ahora. Es una necesidad tener cerca una parte de la obra que se hace, pero desgraciadamente nosotros tenemos muy pocos coleccionistas, estamos viviendo de los extranjeros que compran las obras. Quizás por eso compro obras de los demás, de la gente que está surgiendo, hago lo que no puedo hacer con la mía; porque siento que se puede perder buena parte de esa obra que están haciendo los jóvenes. Prefiero comprar algunas, tenerlas, coleccionarlas. La mía ya prácticamente se ha perdido, como quien dice. Entonces dedico mis fuerzas a rescatar la de los demás.

Todos los artistas tenemos nuestro clímax y nuestro momento de oro y después decaemos, todos. Después comenzamos a dar tumbos, ahí está Mariano, está Portocarrero, Antonia también (y Antonia era un monstruo, y también decayó). Es un proceso natural. No sé..., a lo mejor ya estoy en esa etapa. No es que uno diga: voy a retirarme; el problema es que yo no sé hacer otra cosa. Pinto y trato de hacerlo con la mayor dignidad posible, pero primero y más importante, para satisfacerme yo mismo. Mientras yo sienta satisfacción por el trabajo no me importa, es lo que tengo deseos de hacer. Si me sale mal no me importa, pero yo tengo deseos de hacer eso. Eso te demuestra que uno es un ser humano, que hace cosas buenas y malas y todas te ayudan en un proceso. Todas te ayudan, hasta las malas te sugieren otra cosa, o te ayudan en un proceso de cambio. Las señoritas de Avignon no es un buen cuadro en términos de unidad. Yo lo he visto y digo ¡qué horrible cuadro! Pero tiene el valor de ser un cuadrazo de la historia del arte. Y me digo pa’l carajo el cuadro, habrá determinado en la historia pero es un cuadro que ni me va ni me viene. Yo no lo disfruto porque sé que es un cuadro de un proceso de transición, fruto de la inseguridad de un artista en un intento de búsqueda, de cambio. Ese es el valor que tiene, no lo puedo comparar con el Guernica, no lo puedo parar al lado de un montón de obras de Picasso que mantienen una unidad, una coherencia. Hay cosas de valor histórico y cosas de valor puramente artístico.

Tengo ganas de hacer un poco de cerámica, tengo ganas de hacer algunas cerámicas. Quiero hacer un poco de pintura matérica. A lo mejor termino siendo un pintor matérico. Estoy acumulando cosas (aserrín, objetos) como si yo fuera a trabajar la pintura matérica y es que quiero pegar cosas en los cuadros. A lo mejor termino siendo un Tapies. El Jardín de las Delicias es un proyecto a largo plazo y como proyecto a largo plazo, va a comenzar a llenarse de influencias, como siempre me pasa con todas las obras grandes. No puedo hablar de obras grandes solo para decir que son piezas de mucho trabajo y con tendencias al caos, pero el caos ha predominado en las obras grandes precisamente. Y es porque han sido obras de un cúmulo de tiempo también. Es decir las he empezado en un año y las he terminado en otro y ahí se ha acumulado todo. Ese proyecto, que será el cuadro más grande que he pintado, pienso pintarlo en paz. ElJardín de las Delicias quiero pintarlo en paz.

Pedro Pablo Oliva, 2000

El Gran Apagón

En el punto inmóvil del mundo que gira. Ni
       carne ni espíritu
ni desde ni hacia, en el mundo, ahí es la
         danza
pero ni detenida ni moviéndose. Y no llaméis
         fijeza al punto
donde el pasado y el futuro se juntan. Ni
          movimiento desde ni hacia
ni ascenso ni descenso. De no ser por el punto,
          el punto muerto,
no habría danza, y solo hay la
          danza
T.S. Eliot (Brunt Norton)

 Fábula y realidad, desazón y esperanza, sentencia y defensa, son binomios antitéticos que se conjugan en una obra caracterizada por su cómplice ambigüedad. “El gran apagón” revela “el lado oscuro del terruño”, y todas las fuerzas que intervienen en su demarcación.

 En ella, lo rubios tiempo y espacio entra a formar parte del carnaval de sentidos; jugando a desautomatizar la verdad convencional. Cada personaje engendra una historia, y cada historia transforma un personaje; validando así la posible energía al margen de la omnipresente penumbra.

 La exuberancia narrativa de la pieza nos remite aun abigarrado universo psíquico, anclado en conflictos donde el destino del hombre se coloca como principal punto de mira. Para ello, Oliva se vale de la ironía y la parodia más desenfadadas, al situar a los protagonistas de su relato en situaciones risibles y absurdas. 

La trama está resuelta, entre otros elementos, a partir de la creación de una atmósfera muy cercana a nuestra cotidianidad. En ella, la empática relación claridad-oscuridad mantiene el espectador reconociendo fronteras.

 ¿Hay contraste, o entendimiento entre luces y sombras? ¿Hasta dónde la luz y hasta dónde las sombras? ¿Sombras maléficas, sombras no sombras? ¿Auténtica luz, o simulación? ¿algo se extingue, o emerge?

 Frente a esta propuesta podríamos pensar en disímiles respuestas: la existencia de una “crónica negra”, la “insoportable oscuridad del ser”, o simplemente, el lamentable colapso de las utopías. Pero más allá de toda lectura se reconoce una patente mofa a “lo imponderable”, al quietismo a “lo insoluble”.

Por el momento, procuremos una vela, siempre se podrá más.

 Amalina Bomnín, julio 1995

 

 Como en la época de la conquista, todo objeto brillante extraído del fondo de los ríos por nuestros semidesnudos aborígenes, llenaba de alucinación las ambiciosas bocas de los españoles, y pronto escapaba el esperado y siempre bienvenido grito de ¡oro!

 Pero como todo lo que brilla no es oro, tampoco todo lo que se apaga tiene que ser precisamente luz. Cuando escuchamos la palabra “apagón”, automáticamente acuden a nuestra imaginación las ya usuales y tormentosas escapaditas que suele darse en nuestros días (noches y madrugadas) la traviesa señorita electricidad; pero lejos estamos de percatarnos cuán insignificantes resultan. Sucede, que a pesar de lo que peligroso que se hace traficar por callejones; lo molesto de las noches calurosas, y hasta una que otra malhumorada por dejar una película a medias, este tipo de fenómeno natural cubano se puede catalogar de poca intensidad si lo comparamos con otras faltas de fluido, a mi juicio, aún más peligrosas y molestas.

 Esta consideración parte precisamente de la necesidad que tiene la sociedad, y dentro de esta el ser humano, de ser más dinámico y creativo en aras de enfrentar todos los conflictos del mundo contemporáneo. La falta del fluido mental, o como pudiera llamarse en el argot popular: “apagón mental”, es un fenómeno  maligno ataca principalmente a individuos con rígidos esquemas de comportamiento y proyección, para con el medio que les rodea. La mente human es tan prodigiosa que es capaz tanto de crear todo un universo, como destruirlo en un mismo período de tiempo. Y son estas personas las que en cierta forma frenan, y hasta destruyen, con su poca capacidad de análisis y falta de sensibilidad, lo que otros seres humanos luchan día a día por crear y enriquecer con sus ideas.

 Cuando en medio de la fértil claridad te encuentres, y de pronto una oscura sombra apague los vivos colores que a tus ojos asoman, no creas que todo está perdido, eleva pues la llama del candil de tus ideas que son las únicas que harán colorear nuevamente tu gris habitación.

 Abel Morejón Galá.

Pedro Pablo Oliva, the master jugando.

“hijo de todas las alas, una sola entorpece al hombre: la ceguera”

 Esta es la historia de un hombre que busca dar un sentido poético a su obra. La óptica crítica, la calidad técnica y la definida línea temática que aborda una parte del vivir cotidiano, constituyen una intención constante. 

La experimentación unida al dominio absoluto del color y la textura para dar los conflictos del espíritu humano. Lo ingenuo y lo trágico.

El dibujo saltando por encima de la pintura, la belleza de una expresión que puede parecer grotesca pero nunca corrosiva. La historia del hombre y su vida, del hombre y su mundo, del hombre y otros hombres. 

En Oliva lo que aparentemente se presenta como juego consiste en una reflexión, un pensamiento de cuantos problemas hay y sobre los cuales no todos quieren fijar la vista. Es un camino justo, pero no es el más común, de todas formas el pintor nunca  te deja solo, él parece decir: “ven a jugar conmigo”

 En casi treinta obras vamos a tratar de desentrañar la esencia de tan peligroso juego, donde la mente tiene que estar siempre alerta, pues la tarea no es nada fácil, se trata de llegar a una supuesta  meta: -el bien; pero el medio para llegar a él es atrapando el mal; en fin como si volviéramos a llenar la caja de Pandora o lograr por medio de algún sortilegio que cada actitud llevada al lienzo quede cerrada allí y no vuelva a donde estuvo, el cuadro trampa, el cuadro caja de Pandora no esconde el mal, le muestra para estudiar como evitarlo. 

La posición es quizás otras regla del juego: la de francotirador, aparentemente cómoda pero también arriesgada; él es el encargado de cazar los males. Solitario, en la noche, detrás de la ventana, sin que el mundo lo vea, pero observándolo todo, recogiendo cada actitud malsana y encerrándola casi ingenuamente. 

Esta  es el fin la intención que siempre ha preocupado al artista, mostrar su entorno; pero en este caso Oliva toma de este lo que menos le gusta, lo que quisiera eliminar. La función de lo trágico, el dolor y la fealdad es la de revolucionar lo que se muestra.

 A su manera dice lo que le desagrada, lo que no quiere que esté.

La intención no es reafirmar sino combatir. La honestidad de sus planes es el punto de unión entre cada serie, la correspondencia entre cada obra, la llamada de atención sobre los rostros amargos de la realidad que nos rodea.

 “Los consejos de mamá” –que no siempre comparte con ella- hablan por sí solos, la “Condecoraciones” son la sátira punzante contra algunas actitudes negativas del ser humano, “Los navegantes” ofrecen la tragicomedia de un doloroso absurdo: cause preocupación o pena, ellos están ahí y se lanzan a la mar en irreales embarcaciones, tan frágiles como sus sueños, y la mar recogiéndolos y a veces sepultándolos. 

Oliva  no permite descanso, el juego es arriesgado y sin tregua; apaga y enciende los colores, saca la mancha y vuelve a asirla entre líneas tan sonrientes como dramáticas, pone a reír a pequeños monstruos hace actuar como adultos a niños y niñas, crea su propia poética de lo grotesco, compone cuidadosamente, armoniza belleza y fealdad pero al final el saldo es una carga de amor al hombre, a la esperanza y a la vida.

 Más, si aún alguien no quiere o no entiende como jugar su juego él se ofrece a explicarlo:

 SM: ¿Por qué siempre pareces interesado en dar una imagen de ingenuidad y un mundo que alude al lenguaje de la niñez?

 PPO: Si a veces empleo imágenes que recuerden la infancia es porque cuando hago imágenes de niños o niñas –supuestas imágenes infantiles- lo que está tratando son problemas de gente adulta. Atrapo con la imagen infantil, es un cebo, una trampa, pero no es solo un juego, no es solo un niño, de ahí parte a otras lecturas.

Hay cosas personales que se fijan, por eso vuelvo allí, como un sitio de una historia triste, que he fijado.

Quiero aliviar con la imagen de la infancia la crudeza de los problemas complejos que enfrenta la adultez. 

SM: ¿Pretendes con tu obra que el espectador haga un doloroso parto de juicios esperanzadores? ¿Por qué la opción más difícil, la de hablar de las cosas feas? 

PPO: Hay una canción de Silvio Rodríguez “Resumen de Noticias” que dice más o menos:

 “Yo he preferido hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado”

 Creo que me pasa algo parecido. Quiero cambiar cosas aunque me parezca imposible cambiarlas. Yo también prefiero hablar de lo imposible. Pero parto de un espíritu esperanzador. El bien es algo así como una meta. El bien tiene el bien en sí, ni me decido a mostrar el mal es para eliminarlo, atrapado el mal, me acerco al ideal, a la meta.

 No soy un hombre pero, voy cuestionando el mal y en ese andar este se me ha ido pegando a la piel. Espero que el mal no se adhiera demasiado, no quiero convertirme en el mal mismo, a veces pienso así pero el bien siempre triunfa.
 

Papeles Nocturnos

Por Hortensia Montero, Especialista del Museo Nacional de Bellas Artes.

 ...se metía hasta por los resquicios
más protegidos de la imaginación...
Gabriel García Márquez

La especial sensibilidad de Pedro Pablo Oliva le permite captar un fascinante universo cargado de símbolos, producto de su incesante imaginación y con la absoluta singularidad de quien es capaz de construir una formulación plástica de vigorosa fantasía. Su propuesta artística toda es un conjunto realizado con inspiración lúdrica, que atesora un mensaje inquisitivo, portador de valores éticos y morales de alcance universal.

Explora esta vertiente dibujística, a la que ha dedicado la mayor parte de su esfuerzo creativo, convirtiéndola en un vehículo de diálogo que privilegia el conocimiento de la obra de este artista. En ella aflora el mundo de sus visiones muy ligadas al lirismo, impregnadas de la melodía de sus colores dentro de la línea ocurrente que permea su pintura de un singular valor plástico. Recurre a la elegancia de la cartulina de fondo negro para muchas de estas creaciones, lo que da título a esta muestra.

Estas imágenes ofrecen una visión selectiva y parcial del amplio espectro de indagación del artista; posibilitan una exploración de las preocupaciones más recurrentes del autor y desencadenan el poder comunicativo al nivel que acostumbra. Su recorrido nos facilita la aventura espiritual de adentrarnos por los senderos de su creatividad, reveladora de gran ingenio en el ámbito de las artes plásticas. Muchos de estos dibujos presentan una iconografía singular: cuerpos humanos que se superponen unos sobre otros en diferentes transformaciones, trabajadas con mucho ingenio. Oliva asume una característica tradicional en su producción al colocar varias secuencias en un plano, ofreciendo una concatenación de situaciones en el mismo espacio de tiempo, al igual que la simbólica piedra sobre la cabeza o la espalda del protagonista, así como el uso reiterado de juguetes de cuerda, evidentes a lo largo de su trayectoria artística.

Es una serie de trabajos poblada de personajes agradables, donde se aprecia un sentimiento de complacencia en el rostro de la imagen – muchos de ellos posando con los ojos cerrados. La representación femenina, delgada, lánguida, etérea, y de manos alargadas, se nos muestra en una actitud maternal en relación con la imagen masculina que la acompaña. La presencia de figuras distendidas, con brazos desmesuradamente largos o cortos, desproporcionados, contribuye a conformar la idea deseada mediante el uso del expresionismo lírico característico. En algunas de estas piezas se respira una insistente necesidad de protección y cariño insaciable por parte de los protagonistas de la escena. Se hace patente la importancia de la relación amorosa en la pareja y la preponderancia del papel de la mujer en esta relación, apoyado en la confrontación desigual de las dimensiones de los individuos (hombre, menor–mujer, mayor).

Su cosmogonía poética permite la unidad de su diseño formal, desde el uso del color y el tratamiento diferenciado de los detalles, dentro de la organización plástica de la superficie. Se reconocen signos característicos en la obra de Oliva como el fino tratamiento del trazo, realzado por los valores cromáticos contrastantes del blanco, el negro y la escala de los grises; el uso de las transparencias y el difuminado que consiguen la ligereza de la composición. La presencia de la socorrida silla de mimbre de respaldar redondo, agradablemente acoge a un grupo de personajes y alrededor sitúa a otras figuras junto a animales. Consigue así un ambiente acogedor para el conjunto y en muchos casos, apela al recurrido sello donde aparece una inscripción en un extremo de la obra.

Oliva establece las condiciones propicias para un acercamiento a los signos que sustentan una alegoría visual, de un modo deliberadamente metafórico a sus producciones, legitimando así su impulso creativo y dando fe de su intención explícita cuando comenta: “... me interesa el conflicto del ser humano con el tiempo y con él mismo...1

Esta búsqueda de raíces éticas, apreciables en su carácter visual por una refinada técnica pictórica, se concreta en obras de colorido optimista, intenso y contrastante dentro de una composición armónica donde la figura es protagonista, tratada con cierta ingenuidad y una dosis de ternura y candor, apresada en la inocencia de una niña acostada o en la candidez de una paciente dama sentada.

Dentro de su imaginación fantástica se destaca el uso humorístico de sus códigos, apresando la nacionalidad y la herencia cultural del país. La originalidad de estos mitos visuales radica en la mezcla de herencias y orígenes heterogéneos en el sentido paródico; aportando una perspectiva que tiene puntos en común con anécdotas tomadas del criollismo y cosmopolitismo dentro del perfil cultural nacional, lo que nos permite realizar una lectura sociohistórica de su obra.

En sus presupuestos teóricos asoma ese germen visceral de vincular su vida con su obra plástica, evidente en esta frase del autor:

Siempre he tratado de vincular un poco mi vida con la creación; y cómo vivo, con la obra. A mí me parece que en la vida cotidiana, esa diaria, esa de las contradicciones, está precisamente el tema y el germen de no convertir la obra en repetición diaria. 2

Asomarse a este conjunto permite descubrir una mirada acerca del mundo contemporáneo dentro de los laberintos existenciales de un singular universo vivencial semántico, que caracteriza la estética de Pedro Pablo. La experiencia vital y su manera de atrapar la realidad enriquece sus creaciones, Oliva permea con una óptica personal fenómenos cotidianos para sugerirnos diversas lecturas, todas las que seamos capaces de imaginar. Le anima una reflexión sobre determinados modos de conducta de la sociedad actual, abordados con una marcada intención burlesca como elemento trascendente dentro de sus intereses conceptuales. Este enfoque hace que su discurso trascienda lo personal para significar la identidad caribeña y global a partir de la fuerza que emana de sus símbolos.

Notas
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 1 Rafael A. Bernal. “El mundo no acaba allí donde vuela un pájaro”. Entrevista a Pedro Pablo Oliva. Artes Plásticas en Pinar del Río. Recopilación de artículos en la revista Vitral, jun. 1994/jun. 1998.

2 Oliva, Pedro Pablo. “Quiero pintar en paz... ”: La Habana, Galería La Acacia, mayo – jun.      2000. Catálogo.

Las imágenes pertenecen a las portadas de los catálogos de las exposiciones...